23 abril 2024

88.3 Radio Ciudad

La primera del dial

POR LOS CAMINOS DEL CARNAVAL GOYANO 3

POR LOS CAMINOS DEL CARNAVAL GOYANO 3

RIGE EL ESTADO DE CARNAVAL EN LA CIUDAD

Por Javier Gauto

Pasadas las 13, la ciudad era “zona liberada”. Goya se declaraba en Estado de Carnaval. En todos los barrios las bombas de agua atentaban contra la parsimonia de la siesta y eran un bálsamo en las horas más calurosas de febrero. Una vez que se agotaban, aparecían baldes, ollas, palanganas y todo cuanto pudiera contener buena cantidad del líquido elemento. O la manguera, aunque con ella era más difícil correr y atrapar al vecino que intentaba preservar unos segundos más la ropa seca.

El carnaval era también esta práctica que, en algunas ocasiones, la bomba de estruendo o sirena de los bomberos marcaba el inicio tanto como el final del juego colectivo, allá por las 17 o 18 horas.

Salir a la siesta era riesgoso, sobre todo para aquel que no tenía intenciones de jugar, pero uno lo hacía a sabiendas de lo que podría deparar el destino. Aun con ello, el clima era de saludable alegría y diversión de la cual era partícipe toda la familia.

Quienes podían, recorrían las calles de una zona a otra en alguna camioneta atiborrada de bombuchas que eran lanzadas a los desprevenidos. Me parece verlo a Eduardo Frattini en esas recorridas allá por 1987 junto a amigos de la plaza San Martín: Calvi, Piasentini, “perico” Rudabart, Arce. Todos jóvenes amigos de la infancia y la adolescencia cuyos lazos permanecían fuertemente unidos hasta que cada uno tomaba su rumbo y comenzaba sus estudios universitarios o terciarios.

Por la noche el jolgorio continuaba en calle Colón, escenario de los corsos. Allí los grupos de amigos se presentaban como “mascaritas” o “murga”, provocando la risa de muchos y sonrojando mediante burlas a más de uno a quien encontraban plácidamente sentado degustando alguna bebida junto a su pareja o familia.

A Frattini & Cía. se les sumaban ahí, entre otros, los hermanos Amézaga, también de la barriada. Todos, una vez terminados los corsos, recorrían la calle Colón en camionetas tirando chuspitas y, a veces, también harina, otro de los productos fuertemente asociados a los festejos del carnaval.

El circuito, un rectángulo que iniciaba y terminaba en Ejército Argentino, se desplazaba por Colón hasta España y retornaba por José Gómez. El Club Social disponía mesas y sillas en la vereda, y allí aguardaban cómodamente el paso de la comparsas, entre tantos, Dolly  Alfonzo y Walter Flores, acompañados de Alicia Reina y Alberto Alfonzo, cuando todavía “Alicia y Alberto” andaban en sus primeros escarceos amorosos allá a fines de 1960 (ver foto).

Cuando la comparsa y las murgas hacían su paso frente a la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, incluso desde los balcones del primer piso, cual palco V.I.P., los asistentes seguían con atención la marcha de carrozas, comparseros y demás, todo desde una perspectiva privilegiada.

Así como los juegos de agua y harina terminaron cuando comenzaron las prohibiciones, el mismo carnaval concluía con otro ritual que también se perdió en el amplio y oscuro cajón del olvido: la quema de Momo.

La quema del muñeco indicaba el fin del reinado de Momo, hasta el año siguiente. O en el mejor de los casos hasta septiembre cuando con la primavera y los estudiantes llegaba el Corso de las Flores. Pero esa es otra historia.

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